3/10/11

VOLVER AL PUEBLO

No se trata de recobrar el tiempo pasado, tampoco se trata de una inmersión en el mar de la melancolía, volver al pueblo es un canto a la alegría que se produce al saber que no nos olvidamos, que somos los mismos de entonces aunque nos cubran  las muchas pieles que la vida nos ha ido colocando y si no hay olvido no es necesario recobrar el tiempo pasado, sencillamente, aquel tiempo, en lo bueno y en lo malo, permanece en lo mas profundo de nosotros.

¿Cuántos han vuelto, hemos vuelto, en estos días del Centenario?, ¿cuántos han vuelto ha encontrase con su tiempo, sus calles, sus recuerdos, sus amigos perdidos en la lejanía de los años ya vividos?. El Centenario ha hurgado en nuestras conciencias y en nuestros recuerdos, durante unos días la plaza se ha llenados de abrazos, de emociones, ¿te acuerdas de mi?, espera, no me digas quien eres, pero si eres fulano, mira que no acordarme, si es que hace cuarenta años que no nos vemos y cosas así.

Si las bicicletas son para el verano, feliz título de Fernando Fernán Gómez, también son para el verano los recuerdos y las noches que nunca se acaban en la plaza de Sisante. La Virgen de agosto y la feria son convocatorias abiertas para la vuelta al pueblo y este año el Centenario ha sido como una convocatoria especial, para algunos, quizás la ultima y para otros, el probable comienzo de una nueva relación con el pueblo del que partieron hace muchos años.

Siempre se vuelve a los orígenes, unas veces, la mayoría, físicamente y cuando no es así en un viaje del espíritu que guía la imaginación. El 14 y el 15 de septiembre los sisanteños de la diáspora hemos viajado con el cuerpo o con el espíritu a nuestro origen, a las entrañas de nuestros recuerdos, desandando el camino que nos llevó a otras tierras y otros mares.

Esta provocación a la vuelta es el mayor éxito del Centenario, que impulsó, en muchos sisanteños, el deseo de volver, volver para ver a Nuestro Padre Jesús, volver para sentir con la voz quebrada por la emoción como nos estalla el pasado en nuestros corazones. ¿Cómo, sino, pudo llorar tanta gente, cuando, al final de la plaza,  los banceros elevaron al cielo de Sisante la imagen del Nazareno?.