22/8/11

LA HORA DE SISANTE (1700-1710)


Imaginemos cómo discurría la vida en Sisante en los primeros años del siglo XVIII. Imaginemos cómo era la villa, sus calles, sus casas, la actividad de los vecinos, sus preocupaciones. Desde 1702 y con más intensidad desde 1705, se libraba la guerra entre los partidarios de Felipe V y los del Archiduque Carlos de Austria. Ingleses, franceses, austriacos y holandeses, con la escusa de la sucesión a la corona española, dirimían en el campo de batalla, sobre suelo español, quien iba a suceder a nuestra nación como primera potencia en Europa.

Sisante estaba del lado de Felipe V. ¿Cuántos sisanteños fueron reclutados para el ejército real?, ¿Cuántos no volvieron?. Sisante, San Clemente, Alarcón y algún otro pueblo de la zona fueron base de algunos regimientos de la fuerza expedicionaria francesa y, en otros casos, base también de oficiales ingleses, austriacos y holandeses, hechos prisioneros y confinados en pueblos y villas del interior. ¿Cómo influyó todo ello en la vida cotidiana de Sisante?.

Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, dejó un valioso testimonio de la época en su novela “Memorias de guerra del Capitán George Carleton” (1). Carleton después de la batalla de Almansa fue confinado en San Clemente y aunque pasó unos meses en Alarcón, en nuestra villa vecina vivió mas de tres años, hasta la conclusión de la guerra.

Dice Carleton, que gozaba de gran libertad de movimientos, que su mejor amigo era un Pacheco, ¿hermano del Pacheco casado con una Cañizo que vivía en Sisante?. Nos narra como Pedro de Ortega, otro amigo suyo, alancea un toro en una corrida en San Clemente; describe la ceremonia de profesión de una novicia franciscana en el convento de La Asunción de San Clemente; alaba la calidad del vino de la zona y de los melones; nos informa de que la gente no bebía el agua de los pozos de las casas particulares, y la traían de un pozo de las afueras, porque, en los propios, habían arrojado a algunos soldados franceses que se habían sobrepasado con mujeres del pueblo.

Las cosas que Daniel Defoe narra en la novela nos valen para Sisante. Aquí está probada la presencia de tropas francesas (2), aquí en alguna cueva cercana a la iglesia se han encontrado botones de uniformes militares y también el vino propio (3) era alabado por su calidad. Los sisanteños atenderían el toque del Ángelus igual que los vecinos de San Clemente “ al toque del ángelus, es preciso caer de rodillas allí donde se esté. No hay pretexto que valga para demorarse un tanto hasta dar con un sitio limpio: la suciedad no es escusa… Tanto es así que incluso en el teatro, en mitad de una función, al primer toque de campana los actores abandonan su papel…Las horas del ángelus son las ocho y las doce de la mañana y las seis de la tarde…”. Sisante se encontraba, igual que San Clemente, en el camino de Madrid a Valencia y Defoe y su capitán Carleton, buenos conocedores de las costumbre de la zona, tuvieron que pasar ineludiblemente por aquí y hacer parada y fonda en el Pozo Viejo. ¿Dónde, sino, iban a abrevar sus caballerías cinco leguas antes de llegar a su destino?.

Al mismo tiempo en que se debatía el futuro de España en los campos de batalla, se daba la gran paradoja en Sisante. Dá la impresión de que aquí el curso de la vida no se detuvo por la situación bélica; al contrario, todo indica que se vivió un periodo de gran actividad, de crecimiento, de realizaciones que iban a configurar el periodo más brillante de la pequeña historia sisanteña. Era la hora de Sisante.

Vuelvo al principio, a intentar contemplar la vida en Sisante en los diez primeros años del siglo XVIII. Acercarme a esa vida cotidiana que discurría por unas calles, hoy con asfalto y alcantarillas, que no han variado su trazado, que siguen limitadas en muchos casos por las mismas fachadas y que incluso mantienen los mismos nombres . El escenario actual se parece mucho al del año 1700: el Pozo Viejo, la Ermita de la Concepción (4) y el Santo Cristo, estas dos un poco mas pequeñas, por mor de tiempos donde para vestir un santo se desnudaba otro, costumbre, por cierto, muy nuestra: hay que hacer un cementerio nuevo, pues vendemos un trozo de la Concepción y salimos del apuro; hay que hacer casa para el párroco, pues nos cargamos una sacristía espléndida y dejamos reducido el Santo Cristo a la mínima expresión. Pero aún queda, tal cual, San Antón, que al ser tan pequeña difícilmente se podría haber reducido. Lo que ya no se ve en este escenario son caballerías que puedan dar la vuelta a la ermita o abrevar en las inexistentes pilas del Pozo Viejo. Del “cuidao con las mulas” se ha pasado al cuidado con las motos y en esto hemos perdido, porque las mulas, que, naturalmente, daba coces, hacían menos ruido que las motocicletas.

De aquel tiempo nos quedan otras muchas cosas, algunas mermadas, como las citadas ermitas, otras ampliadas, como la iglesia, otras casi desaparecidas, como el hospital o la casa palacio de los López de Meneses, de las cuales se mantienen sus portadas desnudas, heridas por el tiempo, como jirones del pasado que han quedado incrustados en la memoria del pueblo. Y alguna perdida del todo, como la ermitilla de la Vera Cruz o de Vega, que había fundado sobre su patrimonio Jacinto Martínez el mayor . Queda, también, casi todo lo que se hizo en ese siglo XVIII,- siglo denostado por unos, entre ellos Menéndez y Pelayo, y reivindicado por otros, como Carmen Iglesias, presidenta de la Real Academia de la Historia e ignorado por la mayoría-, que acabaría calificado por la historia como el siglo de las luces y precursor de la ilustración.

Ese siglo, el XVIII, nos dejó como herencia el edificio del Ayuntamiento con su esbelta torre, la capilla del Santo Rosario, poco valorada en Sisante, obra de Mateo López con influencias y, casi seguro, con la intervención directa de Ventura Rodríguez; los frescos del Santo Cristo y de la Concepción; algunas casas de importante factura y la estructura urbana del pueblo actual.

No es mala herencia para ser una villa de corta biografía. Sin embargo, uno de los restos del siglo XVIII que despertó en mi mas emociones de los conservados en Sisante, fue el descubierto un día, por azar, en el ayuntamiento, se trataba de los volúmenes del Teatro Crítico Universal del padre Feijoo, una obra, que anticipaba el mundo de la ilustración y desmiente por si sola la leyenda negra urdida sobre el siglo XVIII, como si este hubiese sido un periodo oscuro y anodino de nuestra historia. En los libros que han sido leídos con curiosidad y amor queda el alo de sus lectores y en los tomos del Teatro Crítico del padre Feijoo que hoy se conserva en la biblioteca pública, ese alo, trasmitido por sus lectores, es ya una pátina que los ilumina y me acerca a aquellos sisanteños que posaron sus ojos curiosos por los mismos renglones que yo los poso ahora o que acariciaron el pergamino de sus lomos con el mismo placer que yo. El libro debió llegar a Sisante de la mano de un abogado de los Reales Consejos, que quizá ejerció como secretario judicial, apellidado García Cañabate. Aquel ilustrado nos dejó su firma en los tomos. Luego se escaparon de sus manos y se quedaron en los anaqueles del ayuntamiento salvándose de la destrucción, que era su probable destino, como acabaron con otros muchos.

Sigamos con las cosas que nos quedaron del siglo XVIII: nos queda un convento, una iglesia adosada al convento, una comunidad de monjas Clarisas que se suceden a si mismas, una y otra vez, desde hace trescientos años, trasmitiéndonos una sensación de intemporalidad. Y en ese convento, en su iglesia, como eje de vida de una comunidad de Clarisas, allí donde el tiempo se detuvo un día y tomo asiento el silencio, nos queda la identidad y la tradición, el espíritu de un pueblo, su alegría en los días felices y su esperanza en los de duelo: el Nazareno.

Pero voy a hacer un paréntesis antes de seguir con la historia del Nazareno. No quiero olvidarme de una casa que aún permanece en pie tal y como era en el año 1700 . No es una de las casas señoriales del pueblo, aunque es de buena factura y debió ser principal. Se puede ver frente al edificio que un día fuera hospital y luego, con los años, escuelas; escribo sobre la casa donde nació y vivió Cristóbal Hortelano y es dato cierto, quizá una de las pocas casas de la época que conserva la documentación sobre su propiedad, “ unas casas de morada en que vivió el fundador en esta población, frente del hospital que se estaba fabricando al norte, a oriente linde de casas de Pedro Toledo, a poniente otras de Gines Moratalla y al mediodía con casas de la capellanía de la misa del alba”, estas últimas con fachada a la calle del Moral.

La casa sigue en pié, su última y noble ocupación fue ser la escuela de don Herminio. El codicilo, que recoge la ubicación exacta de la casa, se redacta en Madrid cuando Hortelano está en sus últimos meses de vida, para añadirlo al testamento que había dictado unos años antes en Sisante, ante el notario Gregorio Ordóñez y que reafirmaba, pues ya había otro documento recogido por el notario eclesiástico Juan Martínez Barriga, su voluntad de donar todos sus bienes para beneficio de la mayor empresa de su vida: la fundación de un convento bajo la advocación de Nuestro Padre Jesús. Sin Hortelano y sin esta casa y los demás bienes que la acompañan, las cosas habrían sido distintas, en ello radica el valor de esa vivienda que aun sigue vinculada al convento.

En Madrid, en las fechas en que se firma el codicilo, Hortelano, ya en los últimos días de su vida, no se siente solo, está acompañado, en su postración, por algunos amigos venidos de Sisante. Con el están Fernando Saavedra, sacerdote; Francisco Carlos Nohales Cardós, regidor y Alférez Mayor; José Losa, presbítero; Martín Vizcaino, regidor y Benito Guijarro, así como su gran protector Ramón Guillén de Moncada, marques de Aytona. Todos ellos firman como testigos de la escritura. Sobre aquellas personas sabemos que Fernando Saavedra es hermano de Cristóbal Ruiz de Alarcón y Saavedra, quien facilitó la construcción de la iglesia del convento permutando una almud de sus tierras por un enterramiento en la misma; José Losa, debe ser primo o hermano de Pedro del Cañizo Losa, párroco de Minaya y posterior obispo. En cuanto a Francisco Carlos Nohales Cardós, que había comprado el oficio de Alférez Mayor a los Ruiz de Alarcón por 400 ducados, hay que identificarlo como el Carlos Cardós que acudió a Madrid, en el verano de 1711, atendiendo la llamada urgente de Hortelano que, necesitado de fondos, pide su ayuda. Este acudió a la llamada con 10.000 reales para la compra de la imagen de Nuestro Padre Jesús a los herederos de Luisa Roldán, los 5.000 reales restantes, hasta completar el precio, los había conseguido el jesuita padre Rejón. Este mismo Carlos Cardós es también quién vuelve a Sisante, con la imagen de Nuestro Padre Jesús. Hace el viaje desde Madrid en tres jornadas y llega al pueblo en la noche que media entre los días 13 y 14 de 1711. Otro de los presentes es Martín Vizcaíno, regidor perpetuo y miembro de una familia asentada en Sisante desde hacía mas de un siglo y que había dado nombre a una calle del pueblo. Los Vizcaínos son también de los primeros en financiar, con la compra de una capilla, la construcción de la iglesia conventual.

Ahora trasladémonos a aquellos días de hace trescientos años. Estamos en el mes de septiembre de 1711; forcemos nuestra imaginación al máximo, intentemos reconstruir aquel momento que tanto iba a influir en los siglos posteriores en la vida del pueblo. Todos saben a lo que Cardós había ido a Madrid, todos saben también cual es el objetivo de Hortelano y sin duda ya conocen la noticia de la adquisición del Nazareno tallado por la escultora de cámara del anterior rey de España.

Mientras la uvas en los majuelos van alcanzando la madurez adecuada para la vendimia y de las vigas de despensas y cámaras ya cuelgan las llamadas “colgaeras”, alguien, que se ha adelantado a Cardós y su comitiva, va desgranando, con la misma lentitud que desgrana la “gancha” de uvas recién cogida de la parra, noticias de la inminente llegada de la imagen. A la misma hora María Manzanares y sus beatas no dan calma a su ansiedad. En el mesón y posada del Pozo Viejo, en el mesón de Saavedra, junto a la iglesia, y en los poyos de todas las casas donde los vecinos se sientan para conversar, disfrutando de la tibieza del atardecer, los comentarios y las preguntas giran sobre un único tema, las noticias recién llegadas de Madrid. Las conversaciones son vivas, uno asegura que antes de llegar a Alcalá, gentes del duque del Infantado han intentado embargar la imagen; otro que un comerciante genovés había ofrecido el doble de reales para quedarse con ella; un recién incorporado a la conversación asegura que las mulas que tiraban de la galera se plantaron y no hubo quien les hiciera retroceder a Madrid; alguien, por su cuenta, apunta que la imagen es milagrosa y así mil y una historias que alimentarán la leyenda, que prepararán el terreno como se prepara un barbecho bien trabajado para la siembra que se avecina después de la vendimia. Terreno donde crecerá la devoción, donde anidará la fe, donde cuajará un nuevo modo de ver a Sisante, desde dentro y desde fuera, como un sitio distinto de aquel pequeño lugar que Vara de Rey, al ser apartado de la jurisdicción de Alarcón en 1445, reclamó como aldea propia y que cien años después compró a la corona.

Uno de los vecinos que escucha las nuevas, mira, desde la puerta del mesón, las obras que se han iniciado para concluir la nueva fachada que abrirá puerta a la calle grande y recuerda las historias que había oído contar a su abuelo Pedro de Alcarria, de cómo él, su yerno Pedro de Tébar y sus parientes los López Piedrabuena, decidieron un día que Sisante podía y debería caminar, sin las tutelas y dependencias que venían arrastrando desde siglos, primero de Alarcón, luego de San Clemente y Vara de Rey, si querían convertirse en una villa de mediana importancia. Había llegado la hora de convertirse en villa. La gota que había rebasado la paciencia de los sisanteños fue el repartimiento de 500 ducados que Vara de Rey impuso a los vecinos de Sisante para pagar su propia exención de San Clemente. ¿Quién iba a pagar para seguir siendo una aldea administrada por Vara de Rey?. Corría el año 1574 y Sisante, que comenzaba a recibir nuevos vecinos, ya no era una aldea, un simple lugar, asentado en un cruce de caminos, resto de antigua población perdida en la memoria de la historia, era ya la voluntad puesta en pie de unos hombres con espíritu fundacional.

Cuanta pelea para llegar a esto, cuantos esfuerzos, cuantos pleitos para alcanzar la autonomía, para ser villa propia; desde 1445, año en que están fechados los primeros documentos conocidos por ahora que mencionan a Sisante, hasta 1635 en que se consigue el villazgo, habían pasado casi doscientos años y ahora, otros setenta años después, los nietos y los biznietos de aquellos que lo consiguieron ven crecer la villa a un ritmo acelerado; los vecinos aumentan con rapidez , si fueron 562 los que en 1635 pagaron 16 ducados cada uno para su exención y adquirir el título de villa, ahora ya sobrepasan los 800, los nuevos habitantes demandan viviendas y se abren calles nuevas mas allá del Pozo Viejo, entre el Santo Cristo y los Hoyos, por el norte y el oriente; por el poniente la ermita de la Concepción ya no está extramuros, rodeada de campo, al borde del camino de Vara de Rey, que ahora es calle donde se alza en su inicio el rollo y la picota, símbolos de la justicia y del villazgo.

Ahora la ermita, construida a mediados del pasado siglo como otras muchas en Castilla, por los que defendían la proclamación como dogma de fe la inmaculada concepción de la virgen María, está rodeada por edificios de nueva planta, como el molino de aceite y el huerto de Jacinto Martínez de Herrera y una nueva posada.

Por el mediodía, para admiración de propios y extraños, aparece, ante los viajeros que llegan de Fuensanta, de La Roda y de Pozo Amargo la fábrica del convento y su iglesia, ocupando los terrenos permutados, ¡por un enterramiento¡, a Cristóbal Ruiz de Alarcón, en la Hoya, junto a los olmos que bordean el camino de Pozo Amargo. El convento y la iglesia se han construido en un tiempo record, menos de seis años y para algunos se ha hecho con ayudas milagrosas, como la aparición un buen día de una yegua sin propietario que sirvió para el acarreo de materiales desde las canteras y que desapareció el mismo día que finalizó la construcción. En la obra de la iglesia debieron participar de forma voluntaria y gratuita muchos vecinos a tenor del precio desembolsado por la misma, un total de 11.000 reales, que considero escasos si los comparamos con los 15.000 pagados por Hortelano a los herederos de Luisa Roldán, por la talla del Nazareno. A los 11.000 reales que costaron las obras habría que añadir, por otra parte, el valor de las realizadas en las seis capillas laterales, que vendido su suelo por 1.000 reales cada una, tenían como condición que las obras para su realización corrieran por cuenta de los compradores. Terminada la obra en 1708 han de pasar tres años para cumplir el destino soñado por Hortelano y las madres beatas…, pero la hora está a punto de llegar, el momento que dará sentido a todos los esfuerzos, a todos los desvelos.

Suenan arrebatadas de repente las campanas del beaterio, repican a gloria las de la iglesia; algunos vecinos comienzan a arremolinarse junto al rollo y con sus antorchas encienden la noche de Sisante; corre la voz y por los cruces de las calles comienzan a encenderse luminarias alimentadas por sarmientos y cepas viejas que aroman el aire nocturno. Aparece Cardós a lomos de yegua vieja, a su lado, Hortelano sobre una mula torda, llegan ambos con la fatiga de tres días de marcha sin reposo, abriendo el camino a una galera que lleva en su cajón, un enorme bulto que la ocupa en su totalidad. No detienen su paso y avanzan, rodeados por vecinos que les iluminan la marcha con sus hachones, camino del convento. Siguen repicando las campanas y a la comitiva se va uniendo el pueblo todo, vecino a vecino, hasta el atrio del convento, donde las beatas, hincadas las rodillas en el suelo, elevan sus plegarias… es la hora de Sisante.

1. Memorias de guerra del Capitán George Carleton. Edición de Virginia León Sanz. Publicaciones Universidad de Alicante.
2. La fuerza del Silencio. Primera edición, página 47.
3. Escrito sobre algunas noticias de Sisante. Javier Montón. La Fuerza del Silencio. Primera edición, página 173.
4. En la primera edición de La Fuerza del Silencio se especulaba con la posibilidad de que la Hermita hubiese sido sede del beaterio, pero un documento aportado por Herminio Sanz deja clara la época de su construcción a mediados del siglo XVII.

5 comentarios:

  1. Estimado Sr. Martínez-Herrera:

    Dado que no he sido capaz de localizar su libro en Madrid me gustaría poder contactar con usted directamente porque estoy realizando ciertas investigaciones sobre la historia de Sisante (relacionadas con cierta rama de mi familia, a quienes menciona en este interesante artículo) y por lo tanto me sería muy útil poder contar con su ayuda y orientación en cuanto a posibles fuentes documentales a utilizar. Para ello, le agradecería mucho que me diera un correo electrónico de contacto.

    Muchas gracias.

    Atentamente:

    Antonio R de L

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  2. Estimado Sr. Martínez-Herrera:

    En primer lugar quisiera darle la enhorabuena por este interesante artículo sobre la Historia de Sisante. Estoy llevando a cabo una investigación sobre una rama de mi familia que procede de Sisante y que usted menciona en su artículo. Por ello, sabiendo que ha escrito un libro sobre la historia de Sisante (que no logro encontrar en Madrid) y que ha indagado en las distintas fuentes históricas del pueblo, le agradecería enormemente que me indicara algún modo de conseguirlo o de contactar directamente con usted para proseguir con mis investigaciones.

    Muchas gracias por anticipado.

    Atentamente:

    Antonio R de L

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    1. antonio R de L19/10/12

      Para Antonio R de L, mi contacto es villadesisante@villadesisante.com

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  3. antonio R de L19/10/12

    mi correo es villadesisante@villadesisante.com

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  4. HOLA MI NOMBRE ES ARIEL OSCAR HERRERA SOY DE MORTEROS CORDOBA ARGENTINA Y QUISIERA SABER DE MIS ANTEPASADOS MI CORREO ES ARIEL2354@HOTMAIL.COM

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